La casa del fin del mundo

La casa del fin del mundo es un libro de Mónica Dickens que leí a los 10 años. O a los 11. Recuerdo la portada, un inmueble ruinoso y fantasmagórico; también recuerdo que escogí esa novela porque la ilustración me inquietaba,  y porque cualquier cosa que significara viajar a  la tierra de Oz o a un aquelarre debía ocupar un lugar en mis estantes. Yo creía que había mundos más allá de este, y que las ficciones contenían la clave de acceso. Esperaba levantarme cualquier día y salir volando por la ventana montada en una escoba. Bastaba con que diera con el libro secreto, o con la película, o con alguna fórmula reveladora en el Apocalipsis. Leía porque buscaba, y no empezaba por las palabras, sino por las ilustraciones de las portadas. A veces pienso que esa lectura previa de las imágenes se ha superpuesto a la lectura real, de modo que cuando trato de evocar el contenido de un libro lo mezclo con el que primeramente he imaginado. Muchos de mis recuerdos son de libros fantaseados. Por ejemplo, estaba segura de que La casa del fin del mundo narraba la historia de una comuna de niños a lo Pipi  Langstrum, pero no. Lo que contiene son tías viejas, animales y un par de hermanos abandonados por sus padres.

//imagen y texto vía madridesperiferia La casa del fin del mundo

La casa del fin del mundo es un libro de Mónica Dickens que leí a los 10 años. O a los 11. Recuerdo la portada, un inmueble ruinoso y fantasmagórico; también recuerdo que escogí esa novela porque la ilustración me inquietaba,  y porque cualquier cosa que significara viajar a  la tierra de Oz o a un aquelarre debía ocupar un lugar en mis estantes. Yo creía que había mundos más allá de este, y que las ficciones contenían la clave de acceso. Esperaba levantarme cualquier día y salir volando por la ventana montada en una escoba. Bastaba con que diera con el libro secreto, o con la película, o con alguna fórmula reveladora en el Apocalipsis. Leía porque buscaba, y no empezaba por las palabras, sino por las ilustraciones de las portadas. A veces pienso que esa lectura previa de las imágenes se ha superpuesto a la lectura real, de modo que cuando trato de evocar el contenido de un libro lo mezclo con el que primeramente he imaginado. Muchos de mis recuerdos son de libros fantaseados. Por ejemplo, estaba segura de que La casa del fin del mundo narraba la historia de una comuna de niños a lo Pipi  Langstrum, pero no. Lo que contiene son tías viejas, animales y un par de hermanos abandonados por sus padres.

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La casa del fin del mundo

La casa del fin del mundo es un libro de Mónica Dickens que leí a los 10 años. O a los 11. Recuerdo la portada, un inmueble ruinoso y fantasmagórico; también recuerdo que escogí esa novela porque la ilustración me inquietaba,  y porque cualquier cosa que significara viajar a  la tierra de Oz o a un aquelarre debía ocupar un lugar en mis estantes. Yo creía que había mundos más allá de este, y que las ficciones contenían la clave de acceso. Esperaba levantarme cualquier día y salir volando por la ventana montada en una escoba. Bastaba con que diera con el libro secreto, o con la película, o con alguna fórmula reveladora en el Apocalipsis. Leía porque buscaba, y no empezaba por las palabras, sino por las ilustraciones de las portadas. A veces pienso que esa lectura previa de las imágenes se ha superpuesto a la lectura real, de modo que cuando trato de evocar el contenido de un libro lo mezclo con el que primeramente he imaginado. Muchos de mis recuerdos son de libros fantaseados. Por ejemplo, estaba segura de que La casa del fin del mundo narraba la historia de una comuna de niños a lo Pipi  Langstrum, pero no. Lo que contiene son tías viejas, animales y un par de hermanos abandonados por sus padres.

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